Nadie recuerda su vida como una línea recta: la recuerda por los cortes. Estas son las transiciones que atraviesan Ana, Elena, Carlos, David y Marta en la novela. Elige la tuya, lee lo que escribieron otros antes y, si quieres, añade la tuya al final.
Alquilé el piso por teléfono y firmé sin verlo. Los primeros días medía el tiempo por los ruidos de los vecinos: a las siete la persiana de arriba, a las nueve el ascensor. Salí a correr solo porque correr era lo único que sabía hacer en una ciudad donde nadie me esperaba. En el parque había una muj…
Nuria, 41·ValenciaUna mudanza
La logística sale bien, los vínculos no vienen en la caja
Nos mudamos por el trabajo de él y lo organicé todo: colegio, empadronamiento, médico, internet. Lo que no supe organizar fue a quién llamar un domingo por la tarde. Estuve casi un año siendo eficiente y estando sola. Empecé a llevar café de más a la puerta del colegio, dos vasos, por si alguien dec…
Samuel, 19·Ciudad sin nombreUna mudanza
Cambiar de casa cuando la casa no era tuya
Yo no me mudé: me trasladaron. Tres pisos en cinco años, cada uno con normas nuevas y adultos nuevos que se iban antes de aprenderse mi apellido. Aprendí a no deshacer del todo la mochila. El primero que se quedó fue un tío que venía los jueves y no faltaba ningún jueves. No hizo nada especial. Solo no faltaba.
Iván, 52·BilbaoUna mudanza
Volver al pueblo también es mudarse
Volví al pueblo de mis padres pensando que volvía a algo conocido y me encontré con que el pueblo también se había mudado sin mí. Los bares eran otros, los vecinos habían muerto o se habían ido. Me pasé el primer invierno arreglando la verja de la casa para tener algo entre las manos. Ahora la verja…
Elena, 74·Barrio del parqueLa viudedad
Cuarenta y ocho años de conversación se cortan a media frase
Héctor murió un martes y el jueves ya había en casa cuarenta personas diciéndome que era muy fuerte. El domingo siguiente no vino nadie y ese fue el día difícil. Dejé de encender la lámpara de su lado, luego el pasillo, luego la cocina; llegué a vivir en dos habitaciones de una casa entera. La que m…
Rosario, 68·SevillaLa viudedad
Aprendí a cocinar para una
Cocinaba para dos desde los veintitrés años. Tiré comida durante meses porque las cantidades se me quedaban en las manos. Un día mi hija me apuntó a un taller y odié el taller, pero conocí a Marisa, que también tiraba comida. Ahora cocinamos para dos: una en cada casa, el mismo menú, y nos llamamos…
Joan, 71·GironaLa viudedad
Nadie me enseñó a estar viudo siendo hombre
Ella llevaba la agenda social de los dos: cumpleaños, llamadas, quién estaba enfermo. Cuando murió me quedé sin mujer y sin amigos a la vez, porque los amigos eran suyos. Tuve que aprender a llamar yo. La primera llamada me costó dos semanas de ensayo y duró cuatro minutos. Ahora hago tres a la sema…
Carmen, 79·ZaragozaLa viudedad
El armario tardó tres años
Todo el mundo me decía que vaciara el armario, que era el paso importante. Lo vacié cuando quise, tres años después, con una vecina sentada en la cama comentando cada camisa. No lloré por la ropa: lloré porque alguien tenía tiempo de escuchar la historia de cada camisa.
Carlos, 61·Barrio del parqueLa jubilación
Me llamaron prejubilación y era un despido con buenos modales
Treinta y un años en la misma empresa y una reunión de veinte minutos. Los seis primeros meses me levanté a la misma hora, me duché y me vestí para no ir a ningún sitio. Lo peor no fue el dinero: fue que dejé de servir para algo entre las nueve y las seis. Empecé a limpiar el parque con un rastrillo…
Amparo, 66·MurciaLa jubilación
Cuarenta años de aula y de repente septiembre no empieza
Me jubilé en junio y el golpe llegó en septiembre, cuando por primera vez en cuarenta años nadie me esperaba en un aula. Me ofrecí a dar apoyo a lectura dos tardes por semana. No cobro nada y no es lo mismo, pero septiembre vuelve a empezar.
Paco, 70·CádizLa jubilación
El calendario liso
Lo que nadie cuenta de la jubilación es que se te queda el calendario liso: ni una cita, ni un aviso, ni un motivo para mirar el móvil. Escribí a mano en la pared de la cocina: martes, taller; jueves, huerto; sábado, nietos. Me lo inventé yo, pero lo cumplo como si me lo hubiera puesto un jefe.
David, 24·Habitación 407Un accidente
Era mi rodilla y era todo mi proyecto de vida
Corría para vivir de correr. La lesión duró un segundo y la conversación con mi entrenador, cuarenta. Me dejó tres mensajes de voz en dos semanas y luego nada; los patrocinadores fueron más rápidos. En la habitación 407 aprendí a pedir cosas en voz alta: agua, ayuda, compañía. Pedir en voz alta ha s…
Lucía, 45·OviedoUn accidente
La casa se llenó de gente y luego se vació
Tuve un ictus a los cuarenta y cinco. Durante un mes hubo visitas cada día; en el mes cuatro, que era cuando de verdad no podía sola, ya no venía nadie. Aprendí a decir la frase exacta: «¿puedes venir el jueves a las seis?». Con día y hora, la gente viene. Sin día y hora, la gente te desea mucho ánimo.
Mohamed, 33·BarcelonaUn accidente
Aprender a moverse por una ciudad que no te espera
Después del accidente laboral tardé un año en volver a salir solo. La ciudad estaba llena de bordillos que antes no existían para mí. Lo que me cambió fue un grupo de cuatro personas que hacía la misma ruta conmigo los sábados hasta que dejé de necesitarlos.
Marta, 38·Barrio del parqueLa maternidad en solitario
Dirigí equipos de ochenta personas y no supe pedir una hora
Cerré un despacho con vistas y abrí un bar para poder tener a la niña detrás de la barra. Cargaba cajas con ella en la cadera y me decía que eso era libertad. Lo que era, en realidad, era que no tenía a nadie a quien delegar ni una hora. El día que escribí al grupo «¿alguien puede quedarse con la ni…
Sara, 29·MadridLa maternidad en solitario
Dejé de contestar a los grupos
Tuve a mi hijo sola y desaparecí de todas las conversaciones sin avisar. No era tristeza: era que no tenía manos. Volví el día que una amiga dejó de escribir «avísame si necesitas algo» y empezó a escribir «paso el sábado a las once y te subo la compra».
Aisha, 35·MálagaLa maternidad en solitario
El curriculum decía dos años en blanco
Dos años cuidando y en las entrevistas eso era un hueco, no una experiencia. Me llamaron para el puesto cuando conté lo que aprendí gestionando urgencias con dos horas de sueño. Ahora hay tres mujeres en mi empresa que entraron por la misma puerta.
Elena, 74·Barrio del parqueEl duelo
El segundo duelo lo hice acompañada
Cuando murió mi marido me encerré dos años. Cuando murió Ana, que podía haber sido mi nieta, no me dejaron encerrarme: había un grupo entero esperándome en el parque con su cuaderno. Enterramos a Ana y seguimos con lo suyo. Eso, y no el consuelo, es lo que me sostuvo.
Toni, 47·AlicanteEl duelo
El protocolo dura once días
Once días de mensajes, flores y comida en la puerta. El día doce empieza el duelo de verdad y el mundo ya ha vuelto a su horario. Aprendí quién pregunta dos veces: hay mucha gente que pregunta una y muy poca que vuelve a preguntar un mes después.
Beatriz, 58·ValladolidEl duelo
Perder a un hijo y tener que seguir yendo a trabajar
Me dieron tres días. Volví a la oficina y todos miraban al suelo porque nadie sabía qué decir. Escribí un correo diciendo que podían nombrarle, que decir su nombre no me rompía más de lo que ya estaba roto. Desde ese correo puedo estar allí.
Guillem, 62·PalmaEl duelo
Los aniversarios los llevo con una lista
El segundo año entendí que las fechas se ven venir. Tengo una lista de cuatro personas a las que aviso una semana antes: «el día 12 va a ser difícil». Nadie tiene que adivinarlo y yo no tengo que aguantarlo solo.
Rubén, 39·Ciudad sin nombreLa pérdida de empleo
Lo difícil era explicar el martes
Perder el empleo fue perder estructura, relato y compañía a la vez. La pregunta «¿y tú a qué te dedicas?» se volvió una emboscada. Me apunté a arreglar bancos en un parque solo para poder contestar algo verdadero. Encontré trabajo ocho meses después, por alguien de allí.
Pilar, 54·LogroñoLa pérdida de empleo
A los cincuenta y cuatro dejas de existir para las ofertas
Mandé ciento noventa curriculums y recibí seis respuestas automáticas. Lo que me mantuvo entera no fue la búsqueda, fue tener dos mañanas comprometidas con otras personas para no pasarme el día actualizando el correo.
Kevin, 26·VigoLa pérdida de empleo
Volví a casa de mis padres a los veintiséis
No es solo el dinero: es dormir otra vez en la habitación de los quince años. Me daba vergüenza contarlo hasta que en un grupo descubrí que la mitad estaba igual y nadie lo decía en voz alta.
Ana, 34·Barrio del parqueSalir de una relación que dañaba
Irse fue el día fácil
Me fui de madrugada con dos maletas y creí que ya estaba. Lo largo vino después: ensayaba las frases antes de decirlas, pedía permiso para cosas que no necesitaban permiso, me disculpaba por ocupar sitio. Tardé más en dejar de pedir permiso que en cruzar el país. Lo escribí todo en un cuaderno porqu…
Anónima, 44·Prefiero no decirloSalir de una relación que dañaba
No había golpes, así que tardé nueve años
Sin moratones cuesta llamarlo por su nombre, incluso para una misma. Lo llamé por su nombre el día que una compañera de trabajo me dijo: «lo que me cuentas no es un mal carácter». Salir con dos hijos y sin ahorros llevó catorce meses de preparación silenciosa.
Diego, 31·GranadaSalir de una relación que dañaba
Un hombre contándolo
Nadie esperaba mi versión y yo tampoco sabía cómo contarla sin sonar ridículo. La escribí aquí antes de decírsela a nadie de mi familia. Escribirlo fue el primer sitio donde no tuve que ver la cara del que escucha.
Héctor, 81·Ciudad sin nombreLa soledad no deseada
Cuatro días sin hablar con nadie y no pasó nada
Lo peor de la soledad no deseada es descubrir que puedes estar cuatro días sin hablar con nadie y que el mundo no se enteraría. Yo hablaba más con la televisión que con puertas. Alguien puso una mesa y unas sillas en el parque de abajo y empecé a bajar solo por ver si había alguien. Casi siempre hay…
Claudia, 27·MadridLa soledad no deseada
Rodeada de gente y sin nadie a quien llamar a las tres
Tengo cuatrocientos contactos y ninguno al que llamar a las tres de la mañana. La soledad de los veintisiete no se ve: se disimula muy bien con planes. Empecé a quedar con las mismas tres personas todas las semanas, siempre el mismo día, aunque no hubiera nada que celebrar. Repetir a la gente es lo…
Manuel, 59·OurenseLa soledad no deseada
Vivo en un pueblo de ochenta personas
Aquí la soledad no es urbana: es que la gente se ha muerto o se ha ido y las casas están cerradas. Abrimos la escuela vieja dos tardes a la semana. Vienen nueve. Nueve son muchos cuando llevabas años en cero.
Fatima, 36·BruselasLa soledad no deseada
Emigrar es empezar la red desde cero, otra vez
Trabajo, papeles, idioma: todo lo resolví. Lo que no se resuelve con gestiones es que nadie de aquí te conoce de antes. Tardé tres años en tener una persona a la que dejarle las llaves. Ahora yo soy la persona de las llaves de otras dos.
Añadir al archivo
Cuenta tu transición
Sin nombre completo si no quieres. Como en la web que los personajes crean dentro de la novela: testimonios que otro leerá justo cuando le toque atravesar lo mismo.