
Marta dejó un puesto directivo por un bar propio pensando que así conciliaría. Lo que consiguió fue trabajar de otra manera imposible, con una niña dormida en la trastienda y la certeza de que pedir ayuda era perder.
Su arco es el de la indefensión aprendida: años convencida de que lo suyo se resolvía sola. Mientras sirve cafés va anotando en el reverso de las comandas los oficios de las madres que pasan por su bar, sin saber todavía para qué le va a servir esa lista.
Hoy he hecho el cálculo: catorce horas de barra, tres de papeleo, una de sueño interrumpido. Nadie me ha preguntado cómo estoy en once días. Yo tampoco.
Cuaderno de barra con 47 nombres
En el reverso de las comandas, los oficios de las madres que pasaban por su bar: contable, logística, enfermería, comercio exterior. Cuarenta y siete mujeres a las que nadie llamaba para trabajar.
Tengo una idea y me da vergüenza escribirla. Por fin sé para qué sirve lo que he aprendido cargando cajas con una niña en la cadera. Necesito que alguien me diga que no estoy loca. O que sí, pero que me acompañáis.
¿Alguien puede quedarse con la niña una hora el jueves?
Yo. Y no me lo agradezcas, que llevo semanas sin tener nada que hacer a esa hora.