
David tenía cuerpo, patrocinadores y un futuro medido en marcas. Un accidente lo deja en una cama de hospital y su carrera se termina en una conversación de diez minutos con su director deportivo.
Empieza siendo alguien insoportablemente centrado en sí mismo. Conoce a Carlos por casualidad —los dos han perdido autonomía— y descubre que hay cosas que no se recuperan entrenando, sino dejándose acompañar.
Mensaje de voz de Javi, director deportivo
«David, escúchame, no te lo tomes como algo personal. El club tiene que planificar la temporada y los médicos no nos dan garantías. Cuando estés recuperado hablamos y vemos, ¿vale? Cuídate mucho, campeón.»
Lo raro no es estar solo. Lo raro es estar solo con el móvil lleno de gente. Trescientos contactos y ninguno que sepa a qué hora me dan la medicación.
Una carpeta de la mutua que no era suya
David la abrió buscando un informe médico y encontró papeles de sus padres que nadie pensaba enseñarle. No cuenta qué había dentro. Solo que desde ese día dejó de hablar de lo que había perdido.
Carlos, mañana voy. Con guantes.
Bien. Trae también paciencia, que la verja sigue igual.