
Ana llega a una ciudad nueva con lo justo y con dos cosas que no caben en ninguna caja: una pérdida de la que no habla y años de maltrato psicológico que aprendió a llamar «carácter».
Corriendo por un parque semiabandonado se cruza con una viuda que apenas sale de casa. Ana lo apunta todo en un cuaderno: la llegada, el miedo, la escalera de la ternura. Lo que escribe ahí acabará importándole a mucha más gente de la que ella imagina.
El alba apenas esboza sus primeros trazos en el cielo cuando empiezo a desmontar mi vida. Nadie sabe que me voy. Me he prometido dos cosas: no dar explicaciones y no volver a pedir permiso para respirar.
Lo he dibujado como una escalera porque no sé dibujarlo de otra forma. Primer escalón: mirar a alguien. Segundo: preguntar y esperar la respuesta entera. Tercero: hacer algo juntos, aunque sea barrer. Cuarto: dejarse necesitar. Nadie sube los cuatro el mismo día.
Mensaje de voz de mi ex, sin escuchar completo
«Ana, no sé qué te has creído. Yo siempre te he dado todo y así me lo pagas. Vuelve, hablamos como personas normales y no le contamos esto a nadie. No te hagas la víctima, que ya sabes cómo eres.»
Te escribo desde un banco de un parque en una ciudad que aún no sé nombrar. Aquí hay una señora que se llama Elena y que también habla con alguien que no está. Quiero contarte que estamos plantando cosas.
Elena, hoy sí ha venido gente. Nueve personas.
¿Nueve? Hija, si el jueves éramos tres.
Carlos ha traído herramientas y un chico nuevo, Samuel.
Llevaré sillas. Tengo doce, ninguna igual.